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Emoción con slots de TV

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O, cuanto menos, del que no llega a comprender ni la lógica de su funcionamiento ni el por qué de su incidencia social. Suele hacerlo desde la convicción implícita de que el impacto de la televisión se explica recurriendo a parámetros discursivos y reflexivos, cuando en realidad la influencia de la televisión sólo puede comprenderse desde unos parámetros que tengan en cuenta las dimensiones sensorial, emotiva e inconsciente del psiquismo humano.

En definitiva, en el ámbito escolar se hacen aproximaciones críticas a la televisión desde el análisis, la racionalidad y la conciencia, ignorando que su capacidad de penetración se basa en mecanismos de seducción, que conectan prioritariamente con lo sensitivo, lo emotivo y lo inconsciente.

Éstas atentan, de manera intencional o involuntaria, contra la reflexión y la racionalidad. La televisión —convertida hoy en el medio de comunicación social hegemónico, fagocitador de todos los demás espectáculos y generador de espectáculos nuevos, específicos, propios del medio— privilegia, mucho más que el teatro, la sensorialidad y la emotividad.

Los cambios constantes de plano, la movilidad de la cámara, la movilidad de los sujetos y de los objetos captados por ella, las variaciones en cuanto al encuadre y al punto de vista, la capacidad para recurrir a trucajes visuales cada vez más alucinantes, la potencialidad seductora de las músicas y de los efectos sonoros incrementan la fascinación sensorial hasta unas cotas que resultan impensables en el teatro, reduciendo todavía más, aparentemente al menos, la capacidad reflexiva y crítica del receptor.

Los relatos televisivos basan buena parte de su capacidad gratificadora y socializadora en los mecanismos de identificación y de proyección. Estos mecanismos, que inducen al espectador a asumir emotivamente los sentimientos de los personajes o a volcar sobre ellos sentimientos propios, permiten al espectador vivenciar sentimientos compensatorios, activar emociones más o menos reprimidas, canalizar amores y odios.

Los mecanismos de implicación emotiva llevan al espectador, a menudo de manera inconsciente, a vivir las historias audiovisuales como expresión metafórica de sus propios conflictos internos, como manifestación más o menos inconsciente de sus propios anhelos, de sus tensiones, esperanzas, deseos y temores.

O, cuanto menos, al margen de ellas. Ser espectador de televisión supone habitualmente aceptar, de manera inconsciente, la hegemonía de la emoción sobre la razón, de lo sensorial frente a lo conceptual, de lo espectacular sobre lo cognitivo.

Algunos educadores afirman que no es imprescindible enseñar específicamente a los alumnos a ver televisión, porque consideran que siempre que se les está educando, se les está enseñando implícitamente a ver la televisión.

Para estos educadores basta enseñar a los alumnos a tener espíritu crítico, en general, para que sepan ver la televisión. El medio televisivo tiene su propia lógica, que es la lógica de las emociones, y sólo desde el conocimiento de esta lógica interna puede el telespectador hacer frente a sus efectos.

En otras palabras, la experiencia televisiva no puede entenderse sin una aproximación rigurosa al universo de las emociones y a sus mecanismos de incidencia socializadora. Sólo una modificación en el punto de vista que debe adoptar la escuela permitirá un análisis lúcido del medio televisivo y de su aptitud socializadora.

Se trataba de detectar cuáles son las creencias populares sobre la incidencia de la televisión. Algunos de los resultados más relevantes de esta investigación sólo pueden comprenderse desde la constatación de que existe una notable ignorancia sobre los mecanismos de carácter emotivo, sensitivo e inconsciente, inherentes al funcionamiento del medio.

Para el caso que nos ocupa interesan sólo las respuestas a algunos de ellos. Los encuestados disponían de cinco opciones de respuesta para cada una de las preguntas: mucho, bastante, a medias, poco y nada.

Aunque el porcentaje es inferior al que hacía referencia a la influencia en la manera de pensar, sigue siendo digno de consideración. El porcentaje de los que atribuyen a la televisión una influencia notable vuelve a sufrir un descenso, pero incluso en este caso supera a la mitad de los encuestados.

La mayoría de los encuestados considera que la televisión ejerce una gran influencia en la manera de ser, de hacer y de pensar de la mayor parte de la gente, aunque se tiende a considerar que su capacidad de influencia resulta más limitada en los ámbitos más personales, más íntimos, como el de las ideas políticas y sobre todo el de los valores y las convicciones morales.

Resulta sorprendente, por ejemplo, que se considere muy alta la capacidad de influencia de la televisión en la manera de pensar de la mayoría de las personas y, en cambio, se considere muy inferior su capacidad de influencia en sus ideas políticas o en sus valores y convicciones morales.

Es como si, para los encuestados, los ámbitos de la política y de la moral no formaran parte de la manera de pensar.

Es como si, para los encuestados, las convicciones y las decisiones políticas no dependieran, en buena medida, de los conocimientos e informaciones que se tienen sobre la realidad.

Los cambios acaecidos en la política española durante la última década la caída de los socialistas, no cuando se produjeron los casos de corrupción, sino cuando éstos se conocieron , demuestran lo contrario. En este caso la conciencia sobre la capacidad de influencia de la televisión queda reducida a su mínima expresión.

Resulta efectivamente contradictorio el hecho de que la mayoría no se considere mayoría. La mayor parte de los encuestados atribuye a la televisión un alto grado de influencia sobre la generalidad de la gente y un grado mínimo de influencia sobre ellos mismos.

Por ejemplo, la que se desprende de la atribución a la televisión, por parte de la mayoría de los encuestados, de una notable capacidad de influencia sobre los conocimientos y las informaciones y, en cambio, de la atribución de una influencia mínima sobre la manera de pensar, las ideas políticas y los valores y convicciones morales.

Los resultados quedan recogidos en el gráfico siguiente, en el que se incluye la puntuación media que obtuvo cada categoría, sobre un máximo posible de 7 puntos:. Se sabe, por ejemplo, que los programas informativos no suelen ocupar los primeros lugares en el ranking de los programas de máxima audiencia.

Y mucho menos los programas culturales, que normalmente son relegados por las televisiones públicas a los segundos canales y a las horas de menor audiencia, y que apenas tienen cabida en las televisiones privadas. En cambio, en los resultados de la encuesta tanto unos como otros ocupan los primeros lugares.

En la encuesta quedan relegados a un discreto cuarto lugar. En España los empresarios de los cines y los dueños de los restaurantes saben del perjuicio que les suelen causar las competiciones deportivas que se retransmiten los sábados por la noche o los días entre semana.

En todos los índices de audiencia los partidos de fútbol suelen ocupar los primeros lugares del ranking. Cabe pensar, pues, que los resultados de la encuesta no se adecuan a la realidad. En realidad, tal vez sería más exacto decir que tendieron a darse una buena imagen de sí mismos.

Y ello no entra en contradicción con la explicación que se acaba de dar, por cuanto con la aparición de la televisión el cine ha conseguido un prestigio cultural del que antes carecía. Por lo demás, en cuanto al resto de programas, se observa una tendencia a manifestar predilección por los que tienen mayor renombre cultural, por los que son considerados más serios, los que han conseguido un mayor reconocimiento social.

La tendencia a considerar que los programas que ejercen un ascendente mayor son los de tipo más discursivo, los más verbalistas, los más serios, los más prestigiosos, se confirma con el hecho de relegar las películas al tercer lugar, colocando en los primeros a los informativos y los culturales.

Se piensa que el discurso explícito es portador de ideología y de valores y, en consecuencia, es eficaz desde la perspectiva de los procesos de socialización, mientras que el entretenimiento resulta ideológica y éticamente neutro.

Por poner algunos ejemplos, mientras el ciudadano tiende a creer que lo que más le influyen son los discursos, los publicitarios tienden a utilizar de manera preferente los relatos. Son escasos los espots publicitarios que adoptan un planteamiento discursivo. Mientras los ciudadanos se inclinan a pensar que los mensajes que más le influyen son aquellos que incorporan razonamientos y argumentaciones, tanto los publicitarios como los asesores de imagen y los políticos tienden a recurrir, de manera preferente o incluso exclusiva, a las emociones y sensaciones.

Una afirmación que no resiste un análisis mínimamente riguroso. En todo proceso de comunicación y la experiencia televisiva lo es el receptor participa más o menos activamente, y tanto la enseñanza reglada como la experiencia televisiva han de entenderse como procesos de comunicación.

Todo aprendizaje, como todo desarrollo comunicativo, e incluso como todo proceso perceptivo, es construcción, y en ello el receptor participa activamente. La construcción de conocimientos, de actitudes y de valores es el resultado de un juego de interacciones entre un emisor, un receptor y unos medios.

Y esto es válido tanto en el aprendizaje que se realiza en el aula, de manera formal y consciente, como en el que se realiza ante la pequeña pantalla, de manera informal y a menudo inconsciente. Pero en ningún caso puede hablarse de pasividad. Las realiza a todos los niveles, comenzando por los de la percepción que pueden considerarse más primarios.

Al espectador cada encuadre le ofrece tan sólo fragmentos aislados de una realidad física. Él la completa mentalmente. El telespectador construye, por ejemplo, la imagen mental de un cuerpo entero donde la representación le ofrece tan sólo un rostro en primer plano. De igual manera el telespectador construye realidades espacial y temporalmente completas, añadiendo la información que falta en la interacción entre dos planos que componen una elipsis espacial o temporal.

Construye sentido, construye valor. Confiere sentido y valor a las realidades a partir de una interacción dialéctica entre los elementos que le aporta el emisor y su propio bagaje de conocimientos, convicciones y certezas.

El espectador participa activamente en la construcción de realidades ideológicas y éticas, a partir de los elementos que le proporcionan las imágenes y sonidos, en interacción con su propia visión del mundo. A lo largo de estas páginas se analizará cómo se producen estos procesos de construcción de sentido y de valor.

Teniendo en cuenta que la televisión apela de manera preferente a la emotividad, los recursos y las estrategias generan un tipo de aprendizaje que no es preferentemente de carácter cognitivo sino emotivo.

A través de la televisión la realidad no es descubierta sino construida. La percepción que realiza el telespectador, como toda percepción, es ante todo selección e interpretación de la realidad. Pone de manifiesto los mecanismos de carácter emotivo que, desde el receptor, condicionan estos procesos de construcción de sentido y de valor en la experiencia televisiva.

Lo que podríamos denominar lógica de las emociones no tiene nada que ver con lo que convencionalmente denominamos lógica , y que en rigor deberíamos denominar lógica racional.

Los razonamientos y las emociones obedecen a procesos mentales radicalmente distintos. Utilizan parámetros expresivos y mecanismos de incidencia diferenciados. La fuerza socializadora de la televisión sólo puede entenderse desde el conocimiento de los mecanismos específicos de la lógica emotiva.

Si la lógica racional basa su capacidad de penetración en la fuerza de la argumentación, que se rige por los parámetros del pensamiento secundario, la lógica emotiva basa su fuerza en la activación del pensamiento primario, que es de carácter analógico.

En su dominio las realidades adquieren sentido y valor con base en procesos mentales de razonamiento y reflexión. En cambio, la lógica de las emociones es la lógica de la analogía y de la transferencia.

Las realidades adquieren sentido y valor tomando como fundamento criterios mucho más arbitrarios, fruto de transferencias. Se ha indicado antes que se produce una transferencia cuando se atribuye a una realidad una causa o un efecto que no le corresponden.

En la transferencia hay, pues, una atribución gratuita de sentido o de valor, una atribución que no se produce por una relación natural causa-efecto, como consecuencia de un razonamiento, sino a partir de una simple relación o asociación por similitud o por contigüidad.

El sentido y el valor de esta persona se deducen de datos más o menos objetivos, extraídos de un conocimiento previo, suficientemente probado.

En cambio, cuando alguien valora positivamente a una persona tomando en cuenta el pensamiento primario es simplemente porque, aun sin conocerla, le resulta atractiva, porque de manera consciente o inconsciente le recuerda algo o a alguien de los que guarda un buen recuerdo; es decir, le transfiere, de manera más o menos arbitraria, un valor ajeno a su valor real, un valor extrínseco.

Asociación o transferencia por similitud o contigüidad. Los discursos de la televisión pretenden con más frecuencia seducir que convencer. Los efectos de la experiencia televisiva se comprenden tan sólo desde el análisis de los factores emotivos, frecuentemente subliminales, inadvertidos.

Es desde la seducción del entretenimiento como la televisión realiza su tarea socializadora, educativa o deseducativa. Y sólo desde el conocimiento de los procesos de seducción se puede alcanzar un cierto grado de lucidez como telespectadores.

Difícilmente pueden explicarse desde la argumentación y la racionalidad. Tanto en experiencias directas de la vida cotidiana como en experiencias de carácter simbólico, al estilo de la televisiva, el amor y el odio no son sino manifestaciones narcisistas, proyecciones al exterior de estados psíquicos.

En otras palabras, por cuanto conectan con experiencias que se viven como amenaza o como satisfacción de su yo real o de su yo ideal. Sociológicamente hablando, los grandes éxitos cinematográficos o televisivos tan sólo pueden comprenderse por la conexión de los relatos con el yo real o con el yo ideal, no solamente del inconsciente individual sino del colectivo.

Todos ellos adquieren relevancia para el receptor por cuanto éste los vive, de manera consciente o inconsciente, como reflejo de sus pulsiones o tensiones internas, como expresión o como satisfacción de sus anhelos o conflictos, es decir, como metáfora de su estado anímico en el momento de la recepción.

se convierten en una encarnación de ideales más o menos inconfesados de uno mismo, encarnación de un yo ideal más o menos definido o explicitado. se convierten en proyección de los propios fantasmas interiores, de las pesadillas y temores que amenazan en este instante la propia integridad o la propia felicidad.

Se convierten, de alguna manera, en proyección de las dimensiones más inconfesables de uno mismo, de la parte más negativa del yo, oculta, negada, repudiada en lo consciente, pero inconscientemente recuperada y vivenciada gracias al relato. Permiten vivir en lo inconsciente, proyectándolos sobre personajes aparentemente ajenos a uno, los instintos ocultos que se niegan en lo consciente.

Permiten odiar en otro lo que se niega en uno mismo, negar en lo consciente lo que se vive en lo inconsciente. Se produce la irónica paradoja de que a menudo el telespectador acude a la pequeña pantalla para evadirse, para huir de sí mismo, y encuentra placer precisamente porque se reconoce en ella de manera inconsciente.

Paradójicamente se reencuentra consigo mismo allá donde acude para perderse, para evadirse, para olvidarse. Es cierto. Se produce un juego dialéctico de interacciones o interrelaciones. Si, por un lado, los sentimientos de amor y de odio sólo pueden comprenderse como proyecciones de estados psíquicos ya existentes, por otro son también potenciadores de estos estados psíquicos o generadores de estados psíquicos nuevos.

Es decir, en la experiencia televisiva, los procesos de socialización, al igual que los de gratificación, sólo pueden comprenderse desde la lógica de las emociones, desde la activación de mecanismos de carácter asociativo.

Tienen, pues, un carácter compensatorio. Los personajes, los entornos y contextos, las estructuras narrativas y el tratamiento formal seducen en cuanto conectan con el psiquismo del receptor, con su vida íntima, con sus anhelos y temores, con sus expectativas y sus pesadillas.

Los atributos asociados a los personajes, a los entornos y contextos y a las estructuras narrativas adquieren sentido y valor, tanto ideológico como ético, por el sentido y el valor emotivos de los propios personajes, los entornos y contextos y las estructuras narrativas.

Lo que comporta que en la experiencia televisiva los mismos elementos que generan emociones son portadores de significaciones. En otras palabras, los mismos elementos que gratifican socializan. Amamos y odiamos por una dimensión de las realidades representadas, y el efecto es que, al activar estos sentimientos, por una parte reforzamos los lazos de amor y de odio y, por otra, los extendemos hacia otras dimensiones asociadas.

De la gratificación a la socialización. La mujer exuberante colocada como anzuelo en el espot publicitario de una marca de automóviles tiene como función primaria gratificar al espectador, y lo hace mediante una serie de transferencias. Al espectador masculino le gratifica por cuanto satisface su pulsión escópica y le permite proyectar sentimientos de deseo.

Y al femenino tal vez por cuanto activa mecanismos de identificación con su yo ideal. La transferencia emotiva deviene transferencia ideológica. Los espectadores transfieren el valor de la mujer al automóvil. Y no sólo esto, porque de los procesos emotivos sale reforzado como valor un determinado tipo de mujer, un determinado tipo de belleza física.

Y más aún, sale reforzada una determinada función de la mujer: la mujer como elemento puramente decorativo, cuya utilidad social fundamental es ser vista y ser deseada El alcance de estos procesos de socialización se comprende mejor si se analiza con una cierta profundidad el funcionamiento diferenciado de los diversos tipos de aprendizaje.

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Author: Mazuzuru

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